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Mujer: en un silencio que me sabrá a ternura, durante nueve lunas crecerá tu cintura; y en el mes de la siega tendrás color de espiga, vestirás simplemente y andarás con fatiga. El hueco de tu almohada tendrá un olor a nido, y a vino derramado nuestro mantel tendido. Si mi mano te toca, tu voz, con vergüenza, se romperá en tu boca lo mismo que una copa. El cielo de tus ojos será un cielo nublado. Tu cuerpo todo entero, como un vaso rajado que pierde un agua limpia. Tu mirada un rocío. Tu sonrisa la sombra de un pájaro en el río... Y un día, un dulce día, quizá un día de fiesta para el hombre de pala y la mujer de cesta; el día que las madres y la recién casadas vienen por los caminos a las misas cantadas; el día que la moza luce su cara fresca, y el cargador no carga, y el pescador no pesca... -tal vez el sol deslumbre; quizá la luna grata tenga catorce noches y espolvoree plata sobre la paz del monte; tal vez en el villaje llueva calladamente; quizá yo esté de viaje...- Un día un dulce día con manso sufrimiento, te romperás cargada como una rama al viento, y será el regocijo de besarte las manos, y de hallar en el hijo tu misma frente simple, tu boca, tu mirada, y un poco de mis ojos, un poco, casi nada...
José Pedroni
Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte la leche de los senos como de un manantial, por mirarte y sentirte a mi lado y tenerte en la risa de oro y la voz de cristal.
Por sentirte en mis venas como Dios en los ríos y adorarte en los tristes huesos de polvo y cal, porque tu ser pasará sin pena al lado mío y saliera en la estrofa ¿limpio de todo mal?
Cómo sabría amarte, mujer, cómo sabría amarte, amarte como nadie supo jamás! Morir y todavía amarte más. Y todavía amarte más y más.
(Neftalí Ricardo Reyes)
Te entregaré mi vida mientras viva y cuando muera te daré mi muerte.
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